viernes, 15 de enero de 2021

“Viaje al fin de la noche" y atragántese

Es una anciana pero resulta rabiosamente actual. Es lo primero que se me ocurre para definir “Viaje al fin de la noche”, la gran novela de Louis Ferdinand Céline. Publicada en 1932. Esta novela, que busca ser cualquier cosa menos complaciente, podría haber sido publicada ahora, pero tiene un largo recorrido, y lo que le queda. Es lo que ocurre con los clásicos, que no pasan de moda aunque parezcan muy modernos. Está conmigo desde mis tiempos de estudiante, desde que Edhasa la publicó en 1983. Pese a ser consciente de su fama, del reconocimiento que tiene en la historia de la literatura contemporánea, he tardado 38 años en ponerme y  varias semanas –¿quizás meses?- en acabar de leerla. No la devoré porque es un libro que requiere lenta digestión. Tiene argumento, tiene una historia, el recorrido del antihéroe protagonista desde la locura de la primera guerra mundial en Europa a la locura personal, desde la historia del colonialismo europeo en África a la revolución industrial en Estados Unidos, antes de la vuelta a Francia. Pero Viaje al fin de la noche tiene, sobre todo, mucha miga -con clavos- en todas y cada una de sus páginas. En las novelas voluminosas suele haber grandes meandros de relleno. Salvando excepciones loables como El Quijote, que reúne muchas grandes y pequeñas novelas. La gran novela de Céline es otra de las excepciones que pueden confirmar la regla. Uno viaja siempre con la tentación de subrayar, de recoger citas para recordar, hasta caer en la cuenta de que el cuaderno de notas tendría que ser tan grueso como el libro. Imposible destacar pasajes o momentos, pero si he de quedarme con alguna cita, me quedaría con ésta: “Tiene piedad, la gente, de los inválidos y los viejos y se puede decir que tienen amor en reserva. Yo lo había sentido muchas veces, el amor en reserva. Hay la tira. No se puede negar. Sólo que es una pena que siga siendo tan cabrona, la gente, con tanto amor en reserva. No sale, y se acabó. Se les queda ahí dentro, no les sirve de nada. Revientan, de amor, dentro”.

He tardado en zambullirme en el “Viaje al fin de la noche”. Temo que no volveré a leerlo, como hago con libros de Kafka, Faulkner, Steinbeck, García Mázquez, Torrente o Delibes. Pero estoy seguro de que volveré a abrirlo para atragantarme con las incómodas verdades que yacen, muy vivas –sobre todo en estos tiempos oscuros-, sobre sus páginas.

El libro en el que ando embarcado ahora, “La enfermedad de escribir”, de Charles Bukowski, me devuelve al origen. El último poeta maldito revela en una carta a Henry Miller que le acaban de regalar “Viaje al fin de la noche”. Dice que le ponen enfermo la mayoría de los escritores porque “sus palabras no llegan ni al papel, pero Céline hizo que me avergonzara del pésimo escritor que soy”. Más adelante, insiste: “Céline, Céline, dios mío, Céline, ¿cómo es posible que haya existido un hombre así?"


domingo, 7 de junio de 2020

El “Bazar” y las sorpresas de Emilio Gavilanes

Como el de Lubitsch, el “Bazar” de Emilio Gavilanes está lleno de sorpresas y de inesperadas emociones. El libro de Ediciones de la Discreta nos muestra una vez más la enorme capacidad del autor para maravillarnos con sus revelaciones sobre el paso del tiempo, el sentido de la vida (“Dentro de ti está lo más valioso que buscas para ser feliz, pero deberás recorrer el mundo entero para descubrirlo”), la memoria, los sueños (“son consejos no pedidos dados por un desconocido que siente compasión por nosotros”), la bondad o, también, la perversidad.
El autor de “Bazar” se atreve a presentarnos una especie de radiografía del género humano con apreciaciones que obligan (sin coacción) a pensar: “La gente más severa con los demás es muy indulgente consigo misma”. Que mueven a la reflexión más profunda: “Uno nace en el momento en que, tras haber estado desesperado por primera vez en su vida, lo supera”. Que animan a la reinvención: “Sufrir no es bueno, pero haber sufrido sí. Te mejora, te hace comprensivo y compasivo”. Que nos reconfortan, por la piedad que destilan: “No puedo evitar ver a los adultos como niños que tratan de consolar a otros niños más pequeños”.
Tan filosófico como narrativo (el libro incluye relatos y microrrelatos modélicos, capaces de concentrar toda la crueldad y toda la belleza del mundo), el “Bazar” de Gavilanes nos sorprende tanto con su capacidad de observación (los restos abandonados de un melón revelan los dientes que le faltan a quien lo comió) como con su peculiar sentido del humor (“Creo que la vida acabará bien. Todos tendremos una recompensa: nunca se nos volverá a molestar”). Nos lleva del humor al amor, pasando por el dolor.
En Bazar también encontramos toda una teoría literaria adecuada a la generalidad de los lectores. Aprendemos a conocer la importancia de lo indirecto, lo lateral, lo oblicuo. Descubrimos que “la literatura es la línea que separa el sinsentido del sentido. La bufanda que nos protege del frío existencial”. Aunque acabemos siendo conscientes de que “lo difícil es escribir lo que quieres escribir”, aunque se nos confiese que “lo más fácil es acabar escribiendo otra cosa”.
Emilio Gavilanes concede una vez más una gran importancia a la memoria. En este caso, otorga especial relevancia a la memoria de la madre, que tuvo su primera muñeca cuando era muy mayor pero que, mucho antes de eso, hacía milagros como convertir un hilo que no servía ni para atar en una prenda usable.
Personalmente, la forma de crear del autor de “Bazar” me remite a los antiguos telares que había en muchas casas del medio rural. Las mujeres iban guardando tiras de prendas que se habían roto, que no eran usables, y cuando reunían suficientes retales tejían unas mantas multicolores que alegraban la vista de los niños y hacían presumir a los mayores, porque solían adornar, convenientemente dobladas, las monturas de quienes iban a la feria o a la romería. Las “farrapas”, literalmente hechas de harapos, eran tan hermosas que resultarían pintiparadas para lucir como primeros productos de la nueva economía circular. “Bazar” es la “farrapa” que me arropó durante el prolongado confinamiento, la “agarimosa” bufanda que todo el mundo debería tener a mano. Gavilanes no trabaja con hilos ni con harapos de ropa, lo hace con palabras que, en sus manos, se convierten en tejidos mágicos, nuevos, cálidos, confortadores.

viernes, 27 de marzo de 2020

Bazar: no puedo esperar


Me sumerjo en "Bazar" (Emilio Gavilanes, Ediciones de la Discreta) y alcanzo el cajoncito (página ) con el número 50 casi sin darme cuenta.
Me detengo.
Entrañable y emocionante, como siempre.
Reconfortante, como nunca.
Necesario.
Me detengo con cierta sensación de culpa. Siento la tentación de dosificar la lectura para que me dure hasta el fin del confinamiento.
No creo que pueda.
Además, la relectura sin duda traerá nuevos descubrimientos, perlas ocultas a primera vista.
Seguiré.
Lo necesito.

martes, 17 de septiembre de 2019

Presunto asasino



 Por moito que os novos salvapatrias prediquen contra expresións como violencia  de xénero, por moito que queiran diluír a verdade e a responsabilidade baixo denominacións  como violencia intrafamiliar, por moito que todos sexamos inocentes mentres non se demostre o contrario, a realidade, as novas de cada día teiman en poñer de manifesto que o home é un presunto culpable e a muller una vítima propiciatoria, unha tras doutra ou de tres en tres.

Mentres non exista unha educación non sexista e igualitaria desde a base, desde os primeiros anos, mentres os homes (e algunhas mulleres mal-educadas) non poñamos couto ás actitudes machistas que observamos un día si e outro tamén, mentres non rexeitemos bromas de mal gusto neste ámbito estaremos correndo un risco importante de que sexa necesaria una revisión normativa drástica, non  das clases de violencia dentro das casas senón na clasificación de xéneros. Iso si, en esencia seguirían a ser dous: feminino e presunto asasino.

miércoles, 19 de junio de 2019

Camiñar, cantar, berrar, e non estar louco



Xa estou un pouco máis tranquilo. Se cadra, non estou louco, inda que me dea por dar voces ou cantar cando subo ó alto dun lombeiro.  Cando toca dar voces, dou voces. Cando toca cantar, vénseme  á gorxa a adptación musical que Enrique Morente fixo sobre o poema que Miguel Hérnandez titulou "Sentado sobre los muertos". 

No alto do lombeiro, dou voces ou cando estrofas como aquelas que din:

"Que mi voz suba a los montes
y baje a la tierra y truene,
eso pide mi garganta
desde ahora y desde siempre".

"Si yo salí de la tierra,
si yo he nacido de un vientre
desdichado y con pobreza,
no fue sino para hacerme
ruiseñor de las desdichas,
eco de la mala suerte,
y cantar y repetir
a quien escucharme debe
cuanto a penas, cuanto a pobres,
cuanto a tierra se refiere".

E síntome ben, máis que ben. Sinto euforia. Sinto que canto ben inda que sexa consciente de que canto mal. Ou será que me sinto ben cantando. Da igual que estea só ou en familia, en confianza. Subo ó alto do lombeiro (sea Rechouso ou Ladiario, tanto me ten) e canto. Ou berro, sen máis.

Pero acabo de descubir que polo menos, non son o único que cae nesas arroutadas. En "Elogio del caminar", David Le Bretón parte das experiencias e das opinións de paseantes ilustres como Stevenson e Rousseau para rematar dicindo que para algúns camiñantes o canto ben a ser como un bastón: "un estimulante  para a progresión e un signo de familiaridade, de eloxio ó xenio do lugar".

Así que xa me sinto máis tranquilo. Cando volva subir a un lombeiro, se mo pide o corpo, berrarei coma un tolo. Ou cantarei a Miguel Hernández con música de Morente.

miércoles, 24 de abril de 2019

Queridos hijos: ni se os ocurra tener hijos


No puedo disfrutar del buen tiempo que tenemos porque no es normal en esta época del año, porque no puede augurar nada bueno (ni los treinta grados ni la nieve). Se lo escuché decir a un buen amigo en los primeros días de esta primavera que se presentó como verano. No puedo dejar de compartir su temor. Salvo que seamos o aspiremos a ser seguidores o teloneros de quienes niegan cualquier aviso de cambio climático, el atípico buen tiempo solo puede ser percibido como una amenaza cada vez más inminente.

La Agencia Estatal de Meteorología lo acaba de poner negro sobre blanco. Durante los últimos cuarenta años, el verano en España, también en Brumoso, ha crecido 40 días. Cada diez años, hemos conseguido diez días de verano más. Cada año que pasa, tenemos como regalo un día más de verano. ¿Debemos alegrarnos?

El capitalismo salvaje, empeñado en tildar como negativo todo aquello que no sea crecimiento económico continuado, nos conduce hacia el gran desastre, con el impagable concurso de políticos negacionistas como Trump, Rajoy (bajo la influencia de su científico primo) o tantos otros que no quieren enterarse del calentamiento global ni de sus desastrosas consecuencias porque otra forma de ver menos ciega molestaría a los poderes económicos a los que se someten y someten a los ciudadanos.

Ante la sordera de los poderes económicos y políticos (el asunto tampoco apareció como principal en los debates de la actual campaña), cabe pensar si debemos buscar la alianza de quienes puedan escucharnos y hacernos caso. La gente puede y debe hacer algo para evitar la hecatombe. Consumir menos puede ser un paso importante. Menos plástico, desde luego, pero también menos comida, menos ropa, menos recursos energéticos no renovables. Sirvámonos del viento y del sol, que ha quedado libre de impuestos (al menos de momento) y cada vez calienta más. Rebajemos la demanda para rebajar la producción.

Me pregunto si no debemos incluso apostar por la reducción de la natalidad, al menos temporalmente, como último recurso para reducir nuestras exigencias al planeta que habitamos. Me respondo que sí. Queridas hijas, queridos hijos, jóvenes todos: mientras no veáis que los poderes económicos y políticos actúan con mayor responsabilidad, mientras no observéis la aplicación de medidas orientadas a garantizar la sostenibilidad de los recursos del mundo que compartimos, ni se os ocurra tener hijos. Si no existen garantías, ni siquiera esperanza de que puedan conocer, mucho menos disfrutar, las maravillas que este mundo agonizante nos ofrece, ¿no sería una irresponsabilidad convocarles?

¿Qué más podemos hacer para tratar de posponer, para evitar un temprano apocalipsis? Se me ocurren algunas cosas como localizar los lugares donde hay, donde hubo manantiales. Algunas especies de simios saben localizar agua debajo de la arena, en zonas desérticas. No seamos menos supervivientes. Mientras sepamos localizar agua tendremos esperanza de vida.

Y en las elecciones, votemos al menos malo. Todos mienten, pero si se lee entre líneas, las diferencias salen a relucir.

domingo, 2 de diciembre de 2018

El Micromerón, amplias emociones en minúsculos comprimidos


No hace falta un libro muy extenso para transmitir una marejada de emociones. Hay multitud de ejemplos posibles: La metamorfosis, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Aura, De ratones y hombres, Bartleby el escribiente, Fosco, El astillero, Dos letters. Podría citar un centenar de títulos con facilidad, un centenar de novelas cortas que han encontrado y mantienen un espacio preferente en mi memoria. Lo que desde luego no podría hacer es el prodigio de compresión que ha logrado José María García Hernández en El Micromerón: cien historias cortas, cien comprimidos con las más diversas emociones en poco más de cien páginas. 

El último libro de Ediciones de la Discreta, que el autor presentó en la Casa de Fieras del Retiro bien acompañado por Juan Pedro Aparicio y Emilio Gavilanes  –dos grandes autores de historias emocionantes­–, es el Decamerón de los tiempos que corren, los de la hiperconectividad.

Los soportes cambian, por momentos lo hacen a ritmos vertiginosos, pero la necesidad de emocionarnos permanece y los autores capaces de provocarnos emociones siguen existiendo. A lo largo de diez jornadas, los microrrelatos de García Hernández nos trasladan del remoto pasado al probable futuro, del agradable sueño a la horrible pesadilla, de la ficción científica a la sórdida realidad. Del humor gamberro, negro negrísimo, podemos saltar al cuento de hadas, la carcajada jovial o amarga nos lleva, en la hoja siguiente, a la reflexión metafísica.

Resisto la tentación a reproducir alguno de los microrrelatos, con extensiones que van desde apenas tres líneas a poco más de una carilla, porque sería una pista equívoca. Cada historia es un mundo diferente, capaz de provocarnos una risa sana o un trago amargo, sonreír o pensar sobre la amplísima variedad de emociones que pueden ocultarse bajo unas pocas pero muy bien escogidas palabras. Nadie debería privarse de semejante degustación.