miércoles, 28 de abril de 2021

Cen anos entre tres reinos

Con dúas peroratas cruzadas entre dous irmaus vamos a dar por pechada (polo menos de momento) a videoteca de Cen anos entre tres reinos, que seguirá por suposto a disposición de quen queira volver a ver o documental ou calquera dos 22 curtos que, conxuntamente, fain outra película. Nestas últimas entregas, o Elías bríndanos dúas novas pinceladas sobre o traballo dos vellos e os rapaces, por una banda, ou o traballo en común -do concello ou de herdeiros-para arreglar os camiños ou labrar os caños, para facer preseiras ou reparar os muiños. A Marina revélanos a fórmula máxica para medir o tempo sen necesidade de reló e recórdanos os cantares de comba (de vara de parreira, por suposto). Con estes catro vídeos xa publicados en Cen anos entre tres reinos, vamos a darlles un respiro ós protagonistas, ós suscriptores ia ós seguidores. O tempo dirá se é un punto e final ou solo un punto ia seguido. En calquera caso, mutas,mutas, mutas gracias a todos, especialmente ás personas que aceptaron compartir as súas lembranzas dos últimos cen anos entre tres antigos reinos.

 

viernes, 16 de abril de 2021

Para el día del libro: El aliado inesperado


Un libro siempre es un buen aliado. Para el Día del libro de este año, que ya está a la vuelta de la esquina, me atrevo a proponer la versión definitiva de "El aliado inesperado".

El último superviviente de una familia, Salvador Bouzas, y un viejo lobo herido por un lazo, son los protagonistas de esta novela corta en páginas pero intensa en emociones. Durante los inviernos, Salvador es el único habitante de Carballal, el lugar donde residen los recuerdos, donde viven las ausencias de Marcela, su mujer, del hijo perdido por culpa de un conductor suicida que les sobrevive. En el aislado Carballal hay también visitas no deseadas, casas abandonadas que se iluminan por las noches, como reclamando presencias. Y está el lobo al que Salvador cura, un animal salvaje que, contra cualquier pronóstico, se convierte en su principal aliado contra la soledad, el miedo y la locura. 

Disponible en formato electrónico o en papel, vía Amazon. (E tamén en lingua galega -para quen así o prefira-, da miña man, neste caso)

jueves, 8 de abril de 2021

Los Libros de Brumoso rebrotan por primavera

En los alrededores de la Marra de los Tres Reinos, uno de los enclaves geográficos donde se tocan España (Galicia y Castilla y León) y Portugal, si se observa de forma sosegada, con imaginación, es posible localizar el territorio de Brumoso, un espacio fronterizo surcado por muchos senderos en desuso y escasas carreteras. Un amigo me pregunta si Brumoso es, para mí, un estado de ánimo. Me tienta responder que "a veces es, más bien, un estado de desánimo". Pero le digo la verdad: es el lugar que visito más a menudo, el sitio donde tengo más amigos.

Brumoso, San Clemente, Milcastros, Carballal, A Toxeira son lugares pequeños y están semiabandonados, con menos casas restauradas que amenazando ruina. Con todo, en Brumoso  no solo suena el viento, no aúllan solo los lobos. Es un rincón del mundo donde, durante los últimos cien años, han ocurrido y siguen ocurriendo extraños sucesos. Si hubiese  estadísticas al respecto, llamarían la atención los altos porcentajes de desapariciones, muertes no naturales o enterramientos clandestinos.

En tierras de Brumoso, para reafirmar la veracidad de algún relato, los viejos solían decir con contundencia: “Está escrito”. Esa es una de las razones -la otra es que no tengo habilidades de cuentacuentos- por las que se han escrito los libros que irán apareciendo en esta serie. Algunos se han publicado solo en gallego, otros están descatalogados, han crecido al ser revisados o, simplemente, buscan una segunda vida a través de su lectura por amigos, conocidos o desconocidos interesados que, en todos los casos, podrán elegir entre libro digital o libro en papel. Próximamente, en Amazon, El aliado inesperado.

jueves, 11 de febrero de 2021

“El rechazo fortalece el alma, la mía ya es un mulo”

El título es una  cita de Charles Bukowski que forma parte de “La enfermedad de escribir”, un libro que recoge multitud de cartas donde habla sobre una vocación inquebrantable, la de escribir como necesidad.

A los 34 años ya miraba al futuro con vocación de resistencia: “Si no triunfo antes de los 60, me daré un plazo de 10 años”. A los 70 ya había triunfado, pero seguía pensando como cuando no tenía apenas para comer: “Más de una vez he dicho que escribir es una enfermedad. Me alegro de haberme contagiado”.

A los 70 años Bukowski recuerda una vez que estaba en Atlanta, muriéndose de hambre y frío en una casucha: “El suelo estaba cubierto de periódicos. Encontré la punta de un lápiz y escribí en los bordes blancos de los periódicos con aquella punta de lápiz, sabiendo que nadie leería mis palabras. Era una enfermedad. No lo planeaba ni era parte de un movimiento literario. Era y ya está”. Era necesidad y era verdad. No era poco.

Bukowski revela sus filias, desde Kafka a Celine, desde Sherwood Anderson y Gertrude Stein a Saroyan y Fante. Tampoco se priva de mostrar su fobia por Faulkner: “pura mierda”, pero “mierda inteligente”.

El autor de “Cartero”, la novela que vomitó tras dejar ese oficio, con casi 50 años, para dedicarse de lleno a escribir, es en todo momento lo que a muchos nos gustaría y no nos atrevemos: un deslenguado siempre dispuesto a llamar a las cosas por su nombre y su apellido, sin paños calientes, sin medias tintas, sin piedad. Bukowski se muestra mordaz a menudo, tierno a veces, enamorado de la escritura siempre: “Escribir ha evitado que acabase en un manicomio, suicidándome o matando a alguien. Es mi droga y la necesito. Ahora. Mañana. Hasta el último aliento”.


viernes, 5 de febrero de 2021

Soñei que a Terra tiña saudade da xeografía do xurásico

Soñei que a Terra estaba enfastiada de ver morrer persoas no Mediterráneo. 

Soñei que a Terra tiña saudade da xeografía do xurásico, Panxea. 

Soñei que a Terra decidía acelerar o movemento para reunificar continentes, para facilitar o paso do terceiro mundo cara ó primeiro, co ilusorio desexo de conseguir un segundo mundo, un único mundo menos insolidario, menos inxusto.

Cando espertei había terremotos no sur de España, se cadra tamén no norte de África.

sábado, 23 de enero de 2021

De dónde venimos, quienes somos y adónde vamos

Viajo con Millás desde 1977, año en que leí Visión del ahogado, una novela inquietante que se colaba entre mis lecturas de consagrados como Delibes, Cela, Torrente, García Márquez o Sender. Creo que, desde entonces, ha sabido crecer en su empeño por revelarnos caras oscuras de la realidad incorporando además saludables dosis de buen humor, a veces negro, a veces solo sano y desenfadado cachondeo. Y, entre otras cosas, me ha demostrado algo que creía imposible, que es posible ganar el premio Planeta con una gran novela: El mundo es la prueba.

De Arsuaga comencé a oír hablar, a través de los medios de comunicación, al mismo tiempo que de Atapuerca, el gran yacimiento español para contribuir a que el mundo conozca mejor a sus antepasados. Mi inclinación por la evasión me ha llevado a leer -también en los periódicos- y escuchar -Ser- a menudo a Millás. A Arsuaga, poco o nada.

Ahora he podido gozar con su UTE (unión temporal de empresas) intelectual para hacernos comprender un poco mejor de donde venimos, donde estamos, que somos e, incluso, adónde nos dirigimos. En La vida contada por un sapiens a un neandertal, Millás y Arsuaga nos facilitan una inmersión en la ciencia sin hacernos renunciar al entretenimiento ni a la diversión. Nos llevan del Valle Secreto a La Covaciella, de un puesto de frutas en el mercado a un sex shop regentado por una dependienta muy instruida, de una juguetería al cementerio de La Almudena.

Arsuaga goza tanto enseñando que inventa aventuras fantásticas para convertir la lección más árida en inolvidable. ¿Me sigues? Imposible no seguirle. Millás se nos presenta como un alumno a veces tocapelotas, a veces caprichoso pero siempre curioso, siempre predispuesto a asombrarse y aprender. 

Salimos de este viaje con la mente más abierta, sabiendo que somos una especie autodomesticada, que aprendimos a dar la espalda a la naturaleza y que quizá debamos volver a darle la cara. Comprobamos que un niño de tres años dispone ya de una teoría de la mente y, por tanto, es capaz de intentar engañar a un adulto si le conviene. Que somos mutantes capaces de digerir la lactosa y que somos también hijos del fuego. Nos avergonzamos al saber que la tumba de Ramón y Cajal -"el autor  más citado de la ciencia mundial en las revistas científicas, mucho más que Newton"- está semi abandonada. Y aprendemos a diferenciar entre longevidad y esperanza de vida. ¿O tal vez no?

viernes, 15 de enero de 2021

“Viaje al fin de la noche" y atragántese

Es una anciana pero resulta rabiosamente actual. Es lo primero que se me ocurre para definir “Viaje al fin de la noche”, la gran novela de Louis Ferdinand Céline. Publicada en 1932. Esta novela, que busca ser cualquier cosa menos complaciente, podría haber sido publicada ahora, pero tiene un largo recorrido, y lo que le queda. Es lo que ocurre con los clásicos, que no pasan de moda aunque parezcan muy modernos. Está conmigo desde mis tiempos de estudiante, desde que Edhasa la publicó en 1983. Pese a ser consciente de su fama, del reconocimiento que tiene en la historia de la literatura contemporánea, he tardado 38 años en ponerme y  varias semanas –¿quizás meses?- en acabar de leerla. No la devoré porque es un libro que requiere lenta digestión. Tiene argumento, tiene una historia, el recorrido del antihéroe protagonista desde la locura de la primera guerra mundial en Europa a la locura personal, desde la historia del colonialismo europeo en África a la revolución industrial en Estados Unidos, antes de la vuelta a Francia. Pero Viaje al fin de la noche tiene, sobre todo, mucha miga -con clavos- en todas y cada una de sus páginas. En las novelas voluminosas suele haber grandes meandros de relleno. Salvando excepciones loables como El Quijote, que reúne muchas grandes y pequeñas novelas. La gran novela de Céline es otra de las excepciones que pueden confirmar la regla. Uno viaja siempre con la tentación de subrayar, de recoger citas para recordar, hasta caer en la cuenta de que el cuaderno de notas tendría que ser tan grueso como el libro. Imposible destacar pasajes o momentos, pero si he de quedarme con alguna cita, me quedaría con ésta: “Tiene piedad, la gente, de los inválidos y los viejos y se puede decir que tienen amor en reserva. Yo lo había sentido muchas veces, el amor en reserva. Hay la tira. No se puede negar. Sólo que es una pena que siga siendo tan cabrona, la gente, con tanto amor en reserva. No sale, y se acabó. Se les queda ahí dentro, no les sirve de nada. Revientan, de amor, dentro”.

He tardado en zambullirme en el “Viaje al fin de la noche”. Temo que no volveré a leerlo, como hago con libros de Kafka, Faulkner, Steinbeck, García Mázquez, Torrente o Delibes. Pero estoy seguro de que volveré a abrirlo para atragantarme con las incómodas verdades que yacen, muy vivas –sobre todo en estos tiempos oscuros-, sobre sus páginas.

El libro en el que ando embarcado ahora, “La enfermedad de escribir”, de Charles Bukowski, me devuelve al origen. El último poeta maldito revela en una carta a Henry Miller que le acaban de regalar “Viaje al fin de la noche”. Dice que le ponen enfermo la mayoría de los escritores porque “sus palabras no llegan ni al papel, pero Céline hizo que me avergonzara del pésimo escritor que soy”. Más adelante, insiste: “Céline, Céline, dios mío, Céline, ¿cómo es posible que haya existido un hombre así?"